El ajedrez ha cautivado desde su nacimiento a las mentes más agudas de cada época. Turing, Einstein, Newman y otros conocidos científicos se han visto atraídos por este entretenimiento mental que parafraseando a otro gran pensador «tiene demasiado de ciencia para ser un juego y demasiado de juego para ser una ciencia». Hacia 1769, el ingeniero húngaro barón Wolfgang von Kempelen, construyó la que puede considerarse como la primera «máquina» ajedrecista. Se trataba de un artefacto mecánico llamado «El Turco» que supuestamente jugaba al ajedrez; se componía de una especie de mesa y un maniquí humanoide que movía las piezas sobre el tablero. Este aparato causó estupor y asombro en todas las cortes centroeuropeas y allende los mares. Obviamente se trataba de un engaño. Fuertes jugadores de la época como el maestro francés Mouret, Johann Allgaier o William Schlumberger jugaban mediante un ingenioso mecanismo desde dentro de la máquina. La farsa no obstante, tardó en ser descubierta más de 70 años…
El enfrentamiento del siglo XX: Kaspárov vs Deep Blue
Desde los años cincuenta, miles de ingenieros, programadores y matemáticos estuvieron diseñando computadoras y todo tipo de software para hallar una aplicación que pudiera superar la imaginación e intuición de un gran maestro de ajedrez. Esta carrera llegó a su meta en 1997, cuando el poderoso ingenio informático de Deep Blue conseguía lo que no había logrado un jugador de carne y hueso: derrotar a Garry Kaspárov —considerado el mejor ajedrecista de todos los tiempos— en un duelo oficial. El proyecto de investigación de IBM que dio lugar a Deep Blue se había puesto en marcha en 1989, paralelamente a la búsqueda de un procesador que pudiera solucionar los problemas matemáticos más complejos, para luego ser trasladados al tablero de ajedrez. Los resultados que obtuvo la empresa estadounidense hicieron temblar las creencias de quienes confiaban en que las capacidades de una máquina nunca podrían superar a las aptitudes humanas.